Salares es la perla blanca de la Axarquía, con sus apenas 200 habitantes se resisten al agotamiento, manteniendo la estructura y el aspecto de siglos anteriores frente a la innovación arquitectónica que avanza implacable desde el borde litoral hasta los pies del macizo montañoso. Sus calles blancas, de trazos tortuosos huelen a jazmín y azahar a lo largo del año, mientras el permanente arrullo del río rompe el silencio en las noches de verano. Sumergirse entre sus paredes de cal y ladrillo supone para el visitante una estremecedora sesión curativa, de retorno a la antigüedad, de leyendas moriscas y sensaciones olvidadas que resultan reconstituyentes frente a la globalización cultural y deshumanización urbana que se impone hoy día.
Hasta aquí se llega a través de la carretera local que parte de la A-355 y que se conoce como Ruta del Mudéjar, uniendo las localidades de Canillas de Aceituno y Archez. Al llegar a Salares, se deja el coche en el aparcamiento que existe en la propia carretera, adentrándonos por la calle Ejido en busca de la calle del Río. Esta nos conduce hasta el puente, protagonista singular en este recorrido y elemento arquitectónico de gran valor. Este puente, de anchura suficiente para un carro grande, cuentan que salvaba el río para unir el pueblo con el Barranco de las Minas, de donde se extraía la sal que dio nombre a esta localidad en tiempos de los romanos. Su arco de medio punto aún se mantiene erguido como si los siglos no hubiesen pasado por él. Su tablero a dos aguas y de planta empedrada es igualmente difícil de encontrar ya en otros lugares.
Cuando se cruza el puente el visitante se adentra en un laberinto de huertas, enormes nogueras y perfumados naranjos a lo largo del sendero que se encuentra bien marcado. A unos cien metros del recorrido, tras las idas y venidas de las primeras curvas hay que tomar el desvío paralelo al eje del barranco que sale a la izquierda y que nos llevará hasta la acequia que desde la montaña baja la savia de estos fértiles vergeles, hoy día un tanto olvidados. Por aquí continuará el recorrido en la sonora compañía del río y la continua presencia de agua. La vegetación que se encuentra en este entorno tiene cierto carácter higrófilo, tanto por la proximidad del agua como por la orientación umbrosa de la ladera. En las proximidades de la acequia, dominan la hiedra, las zarzas y los helechos. Como arbustos destacables se encuentran cornicabra, aladierno, madroño y durillo. Los árboles más frecuentes son cerezos, naranjos y olivos entre los cultivados y almeces, encinas, algarrobos y alcornoques entre los espontáneos.
Llegados a la Fuente de la Mina, encontramos un ejemplar de alcornoque (Quercus suber) de dimensiones espectaculares, uno de los mayores de todo el Parque Natural. A medida que nos alejamos del pueblo, los terrenos de huerta se hacen más escasos o se encuentran invadidos nuevamente por la vegetación natural, procedente del monte colindante. Este monte, conocido como Umbría de la Casa de Haro es la mejor representación del bosque mediterráneo original que se puede encontrar en la comarca. La densidad y dimensiones de las encinas le dan un carácter singular merecedor de su visita. No existe otra espesura tal que se extienda sobre una superficie comparable.
Un tramo más arriba se llega hasta una alberca que servía para regular el caudal de riego en época estival. Se recomienda evitar el baño en ella dado que no existen medidas higiénicas y por la profundidad y verticalidad de sus paredes cubiertas de resbaladizas algas, que puede resultar peligrosa. El recorrido a partir de aquí discurre próximo al cauce del río que hay que sortear en varias ocasiones. La vegetación se vuelve entonces umbrosa galería de sauces, adelfas y álamos en su mayor parte. La primavera es asombrosamente musical: mirlos, ruiseñores, picapinos, oropéndolas, chochines y currucas nos proporcionan los tonos melodiosos para las sonatas de esa estación del año.
Poco más arriba se llega a las proximidades del cortijo Casa de Haro, entrando por los bancales destinados anteriormente a cultivos de huerta y olivar. Una vez restauradas las ruinas existentes puede dedicarse el entorno a zona de ocio y acampada para los visitantes de la zona. Desde aquí existe una espléndida vista del barranco cubierto por un mosaico de huertas y encinares en cuyo fondo se dibujan los blancos perfiles moriscos del pueblo. Desde la casa se continúa por la pista existente que nos lleva hasta el camino general del monte. Hacia la izquierda nos conduce hasta el pueblo. Hacia la derecha se encuentra a una distancia aproximada de un kilómetro el puerto de la Cruz del Muerto. En él se toma el desvío a la derecha que nos lleva hacia la Loma de Fogarate, donde empiezan a proliferar las edificaciones en el borde mismo del Parque Natural. En esta zona lindera con los pinares y alcornocales de Tejeda y Almijara, es posible contemplar el remonte sosegado de alguna de las grandes águilas que pueblan la zona o del frecuente azor, partisano de la espesura boscosa. Al final de esta pista, sin abandonar la loma, se encuentra la entrada que nos retorna nuevamente al sendero por el que se atraviesa el seno mismo del encinar, donde se pueden apreciar soberbios ejemplares de estos escasos árboles. Como ya se dijo anteriormente este amplio retazo boscoso constituye la mejor muestra de encinar en el oriente en la provincia de Málaga. En su sotobosque aparecen las especies propias como son los enebros, lentiscos, cornicabras, olivillas, brezos, madroños y tantos otros.
El trayecto de vuelta es totalmente en bajada, con algunos tramos pronunciados, y en treinta minutos nos acerca nuevamente al pueblo llegando a él a través del puente inicial.